Tegucigalpa: La ciudad de la furia

26.Sep.09    Opinión
    ()

La ciudad de Tegucigalpa es un campo de concentración, una ciudad minada de odios, un pueblón enmarañado de botas que destruyen la hierba de la esperanza en cada paso y que se ensañan en que nunca más vuelva a crecer. Aunque la flor de la resistencia crezca en el asfalto de sus pasos torcidos.


Amanece. He cruzado mi memoria con paso firme y me he detenido en la esquina de la historia, bajo el semáforo del verde olivo, para que pasaran raudo los tanques militares, entonces he recordado mi infancia de luces perdidas, jugando en aquel jardín de flores disecadas bajo la luz incandescente de los ojos de Dios, y me he puesto a ver mis muñecos de plásticos, que salían en los cereales de Cornflakes de una época pasada de moda, donde jugar con soldaditos era la alegría de la vida, hoy verlos es la angustia de la vida. El horror de sus ojos demoledores de espanto y ese caparazón de metal en sus pechos, como animales mitológicos de una era paleolítica ya superada por los paleontólogos del fin del mundo.

La ciudad de Tegucigalpa es un campo de concentración, una ciudad minada de odios, un pueblón enmarañado de botas que destruyen la hierba de la esperanza en cada paso y que se ensañan en que nunca más vuelva a crecer. Aunque la flor de la resistencia crezca en el asfalto de sus pasos torcidos.

En cada acera, en cada calle, en cada callejón va en estampida la fuerza de la lucha contra ese monstruo de metal brillante, lustrado con las camisas de la miseria de esta Honduras, en cada carabina cabe el odio y la utopía, en cada camiseta verde cabe el cuerpo del delito, en cada ojo está la lágrima de amor por rescatar el país de los orangutanes falsificados de una selva fosforescente de luciérnagas políticas sin gloria.

El semáforo ya se pone rojo, ya es hora de que se detengan las caravanas de hierro podrido, los dinosaurios del basurero universal de la historia ya se pararán, ya es hora de encender esa luz del rojo digno que pondrá fin a la furia desbocada de esa caballeriza metálica que aplasta la esperanza que según ellos no existe, porque creen que todo el país se resume en un M-16.

Mis muñecos de plástico se han caído en el jardín, se extravían entre la maleza de hojarasca y remolinos secos del invierno, corro a donde mi papá para que me auxilie, son mis únicos juguetes y el viejo leyendo un librito de Honoré de Balzac, me dice en el oído, despacito como un secreto de Estado sin presidente; déjelos allí, que el plástico se derrite con el sol del mañana. Amanece.

Habla Honduras