Tan difícil de entender, tan implacable la agresión, tan improbable que nos defendamos

Ricardo Arturo Salgado Bonilla
30.Abr.10 :: Opinión

Ha pasado casi un año desde el golpe de Estado. Durante el tiempo transcurrido el pueblo de Honduras demostró su valor, su coraje y su determinacion por alcanzar una vida mejor, una sociedad mas justa para todos.



Ha pasado casi un año desde el golpe de Estado. Durante el tiempo transcurrido el pueblo de Honduras demostró su valor, su coraje y su determinación por alcanzar una vida mejor, una sociedad mas justa para todos. Muchos compañeros entregaron su vida a cambio de una lucha que diera la opción a sus hijos de llevar una existencia digna y segura. El estereotipo de Cesar Indiano sobre el hondureño quedó enterrado para siempre; se demostró que los pueblos pueden tener costumbres que a otros no nos gustan, pero siguen siendo los motores de la historia.

La oligarquía hondureña ha puesto a prueba todos los argumentos de que dispone para perpetuar y profundizar las contradicciones que hasta ahora le benefician; para maximizar las desigualdades que les llenan los bolsillos a costa de la miseria de las mayorías. Esta oligarquía que confunde porque no se sabe si es mas servil que brutal; este grupo de gentes que tienen caras visibles que no tienen empacho para negar el hedor de la muerte que ellos siembran a lo largo y ancho de nuestra tierra.

Esta Honduras no es la misma después del golpe. Muchas horas hemos trabajado miles de hondureños que aprendimos a ser compañeros en el infortunio. Hemos tenido que aprender a integrarnos con grupos que a veces se muestran hostiles y desconfiados con nosotros. Hemos tenido que aprender a lidiar con politiqueros que se autoproclaman representantes del pueblo y gritan unidad del diente al labio. Nos hemos tenido que acostumbrar a que antes que hermanos tenemos muchas identidades más que nos son nuestras sino, como dice Mario de Mesapa, “son del patrón”.

Averiguar quién es el patrón sólo es el principio de la tarea. Hemos aprendido a creer, a tener fe y esperanza, a pesar del oportunismo y la división que fluyen hasta por la radio. Hemos tenido que ver cómo un hermano le habla al otro por encima del hombro aunque ambos tienen los mismos problemas, comparten la misma desesperanza, y enfrentan el mismo destino.

Muchos nos atrevimos a escribir, muchos, como este servidor, desde una posición que busca ser independiente de prejuicios, dogmas y vicios; propugnando por una vía realista hacia estadios superiores de lucha para cumplir con la responsabilidad histórica que nos ha asignado nuestro propio pueblo; no proclamándonos representantes de éste, sino participando como parte del mismo. Muchos, sin animo de ser dueños de la verdad, nos hemos dedicado a intentar desenredar los acontecimientos, casi siempre sin éxito; no porque los adversarios de clase no nos dejen, sino porque nuestros propios compañeros de lucha nos ignoran.

Hemos tenido que ver cómo la fertilidad del pensamiento de muchos se vuelve fútil en medio de interminables discusiones cargadas de frustración, incoherencia e impotencia en contraste con la cohesión, consistencia y brutalidad de un enemigo que ha decidido que lo que no se puede quitar con sombrerazos hay que quitarlo a tiros. Vimos largas horas de trágicos acontecimientos sin que fuéramos capaces de levantar las manos o quitar la cara cuando nos aporreaban con más saña.

Pasaron muchas horas, se dijeron millones de palabras, corrieron sangre y lágrimas en cantidades similares, se pronunciaron miles de insultos de hermano a hermano; rechazamos compañeros por falta de “calificación” como si alguien nos hubiera adjudicado el derecho a decidir quién es mas o menos útil en la lucha. Cometimos tantos errores, muchas veces lindando con la estupidez infinita, sin que llegáramos a tener la sabiduría o la humildad necesarias para aceptar las críticas y rectificar el camino.

Durante estos 10 meses pudimos apreciar cómo la politiquería, las componendas burdas, los argumentos sin fundamento ganaban espacio, mientras las cosas que nos asfixiaban por todos lados se intensificaban sin que emitiéramos comentario alguno. Parece que hemos estado muy ocupados diciendo que no decimos, haciendo cosas que no hacemos, jugando a la alta política, estilo Departamento de Estado. Hemos aprovechado micrófonos, y cámaras para sobresalir sin decir la verdad, pero sí diciendo lo que pensamos que nos conviene.

Nunca antes habíamos podido apreciar lo difícil que es ser compañero en la lucha con quien piensa que no tienes los argumentos suficientes para estar a tu lado. Como ha sufrido nuestro pueblo cuando espera un desenlace poderoso y solo encuentra media verdades y mentiras y medias. Lidercitos, líderes y otros “trastes”; se nos olvidó, nos borraron de la mente la idea de que un puño pega mejor que cinco dedos. Seguimos escogiendo ser cinco dedos, lo que nos deja a merced de los que muchas veces pensamos con cándida idiotez que son inferiores a nosotros.

Muchos compañeros, como Candelario Reyes, con quien nos solidarizamos, reciben amenazas, su vida está en peligro, saben que no recibirán mas apoyo que la solidaridad verbal de muchos; el apoyo de los compañeros de las organizaciones defensoras de derechos humanos, cuya labor alabamos, y un desenlace incierto. Muchos compañeros, víctimas de la cobardía de los represores sin rostro, saben que puede pasar todo sin que no se diga mucho más. Nos falta organización, nos falta formación, nos falta solidaridad, nos falta inteligencia. Aun así todos continuaremos, más aferrados a la esperanza de que un día tengamos una respuesta vigorosa, audaz y racional de aquéllos que dirigen nuestro movimiento por cuestiones del momento más que por nuestra voluntad, que por la evidencia de que algo habrá de ser mejor.

Hoy tenemos la obligación de creer, pero no la opción de opinar, nadie nos va a escuchar; a nadie le importa que el imperio hoy ataque con brutalidad e impunidad a nuestros hermanos en Nicaragua, Paraguay o Venezuela; nadie se expresa por la injerencia descarada de los embajadores gringos en Cuba, Brasil o Argentina; hoy estamos indefensos ante las balas de los esbirros de Facusse y Morales, como ante las palabras venenosas de Carlos Flores y Jorge Canahuati Larach; aun así aparecen genios de la comunicación diciéndonos que estos señores tienen su ascendencia en la política nacional; se les olvida la tragedia que eso significa para todos nosotros.

Todavía no sabemos qué pasó durante la administración Zelaya, no entendemos el papel digno y su ya ganada posición en la historia del país, no porque yo tenga lengua para lamer traseros, sino porque el alcanzó cosas que nadie había alcanzado aquí nunca. Irónicamente, al presidente Zelaya unos no lo entienden porque los manuales no explican cómo un terrateniente pueda ponerse del lado de su pueblo, otros no lo entienden porque, simplemente, no lo entienden; aun así se erigen como líderes, sin aceptar la grandeza de traer de vuelta a nuestro pueblo el deseo de luchar, de vivir con dignidad.

Aún hoy nos confundimos entre los argumentos de corrupción, que seguramente hubo, y la trascendencia histórica de lo hecho por este compañero Zelaya; más cercano a las gentes que ningún otro que hayamos conocido. hoy todavía cometemos la estupidez de no acercarnos a las masas, y seguimos prefiriendo estigmatizar como “burros” a nuestros compatriotas; como si ser cachureco, colorado, olimpia o motagua fuera una cuestión genética.

Qué difícil entender, qué difícil defendernos en estas condiciones y aun así, seguimos en combate, el primero de mayo vamos a dar otra demostración de que el pueblo está a la altura; que somos un pueblo de primera, en un país de primera, con una dirigencia de segunda y un gobierno de tercera (interesante uso de las palabras del prócer golpista Villeda Morales).

Hoy seguimos teniendo el deber de cumplir, no a la dirigencia, sí a la patria.

Hasta la victoria siempre