La partición de Honduras: la llegada de la Charter City

24.Jul.12    Opinión
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La propuesta de construir “ciudades-Estado casi independientes” parece ser una afrenta a la democracia y a la vida civil :: A fines de 2011 se publicó un artículo en The Economist proclamando “un ambicioso proyecto de desarrollo que apunta a arrancar una nación centroamericana de su miseria económica”.


El proyecto en cuestión: Ciudades chárter. La nación: Honduras.

El artículo explica:

“En resumidas cuentas, el gobierno hondureño quiere crear lo que equivale a empresas incipientes interiores, ciudades-Estado casi independientes que comienzan de nuevo y que entonces son supervisadas por expertos externos. Tendrán su propio gobierno, escribirán sus propias leyes, administrarán su propia moneda y, en el momento dado, tendrán sus propias elecciones.”

La expresión “en el momento dado” debería dar la voz de alerta. Según el economista estadounidense Paul Romer, autor de la idea del concepto de la ciudad chárter, la aparente afrenta a la democracia no es realmente problemática porque las ciudades serán habitadas enteramente por migrantes que se habrán establecido por su propia decisión.

The Economist presenta una analogía:

“La migración a Gran Bretaña da legitimidad al sistema legal en ese país a ojos de los que van a él, incluso si no pueden votar. Si el sistema legal inglés fuera impuesto a la misma persona en su país de origen, señala el señor Romer, sería un régimen colonial.”

El plan de Romer

Romer no considera que sea necesario que aclare cómo es posible que la subasta a una dirección extranjera de territorio perteneciente a una nación soberana no suene a colonialismo, especialmente si –como señala el artículo– “quiere que países ricos supervisen la administración de ciudades chárter, en particular el sistema judicial y la policía”, porque esto “los protegería contra la interferencia de la nación anfitriona”.

Naturalmente, el plan de Romer ha atraído el apoyo entusiasta de la sociópata residente de The Wall Street Journal, Mary O’Grady, que escribió efusivamente en febrero de 2011:

“¿Qué defensor de los mercados libres no ha soñado, en algún momento, con escaparse a una isla desierta y comenzar un país en el cual la libertad económica sea la ley del Estado?”

Parecería, evidentemente, que los defensores de los mercados libres que sueñan con islas desiertas de libertad económica ya podrían haberse dado por satisfechos, por lo menos parcialmente, con la industria de las maquiladoras en Honduras. Mientras es curioso que O’Grady alabe la alteración de la constitución hondureña para permitir el establecimiento de islas fantásticas cuando invocó la santidad de ese mismísimo documento a fin de justificar el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya en 2009.

Según la realidad inversa de O’Grady, debido a que Zelaya supuestamente violó la constitución (al intentar la realización de un sondeo no vinculante de la opinión pública sobre si modificar o no dicho documento, producido en sí durante el clímax del servicio de Honduras como base militar de EE.UU. durante la Guerra Fría), el golpe militar resultante contra el presidente democráticamente elegido constituyó un reconfortante fortalecimiento de la democracia. La emergencia posterior al golpe de perspectivas para ciudades chárter permitió que O’Grady perfeccionara su capacidad de utilizar un eufemismo fuera de lugar:

“Ahora el pequeño país que enfrentó al mundo para defender su democracia parece estar reforzando una creencia en que tiene que cambiar si quiere protegerse ante futuros ataques contra la libertad”.

Por otra parte, Doug Henwood, del aclamado Left Business Observer, ha hecho una evaluación más plausible de la relación entre libertad y democracia en el contexto de ciudades chárter. En un reciente correo electrónico que me envió, Henwood comentaba:

“Es interesante ver cómo el concepto de las ciudades chárter desenmascara el sueño libertario como profundamente antidemocrático. La compatibilidad de [Augusto] Pinochet y Milton Friedman presentó numerosos indicios, pero este experimento hondureño parece ser una prueba concluyente. Primero se necesita un golpe de Estado. Luego hay que establecer una zona de libertad, pero un tipo especial de libertad. No la libertad de asociación, o de expresión y desarrollo individual, sino la libertad de maniobra para que una elite económica haga lo que le dé la gana bajo un tipo especial de protección estatal. El nieto de Milton, Patri Friedman, uno de los pioneros de la ciudad chárter, ha declarado que ‘desgraciadamente la democracia… es poco adecuada para un Estado libertario’. Lamentablemente, revela, la mayoría de las personas no son libertarias y en una democracia los políticos tienen que ofrecer algo a las masas para llegar al poder. Milton escribió un libro llamado Libertad de elegir: hacia un nuevo liberalismo económico. Al parecer Patri piensa que para la mayoría de nosotros la libertad es ser elegidos.”

El beneficio agregado del aislamiento

En cuanto a otros aspectos de la libertad, The Economist señala que “se supone” que las ciudades chárter hondureñas “están abiertas a todos, pero que es posible que se tenga que controlar la llegada de gente. Lo que es más, el éxito o el fracaso no dependerá solo de buenas reglas, como en leyes, sino de normas sociales que sean establecidas por sus primeros habitantes, explica el señor Romer.” La seguridad pública dependerá de empresas de seguridad privadas.

En otras palabras, esas ciudades-Estado artificiales gozarán del beneficio agregado del aislamiento de los desafíos existenciales a los que se enfrentan los ciudadanos en la propia Honduras, calificada recientemente por las Naciones Unidas como capital de los homicidios del mundo. El capital extranjero no tendrá que batirse contra una clase política y una fuerza policial tristemente célebre por su corrupción, contra militares con profundos vínculos con el narcotráfico, o contra lo que la antropóloga de la American University, Dra. Adrienne Pine ha calificado de “exceso demográfico” de Honduras, expresado en términos económicos como sigue:

“Jóvenes, especialmente varones pobres que no son disciplinados por un lugar de trabajo en una fábrica o por instituciones como Alcohólicos Anónimos o el Cristianismo Evangélico, constituyen en una amenaza que hay que eliminar. Es necesario para lograr ‘seguridad’, que en sí es un medio para de crear una ‘Infraestructura positiva para las inversiones’ para atraer ‘inversión extranjera directa’.”

Sobra decir que el exceso demográfico (que el Estado hondureño ha encarado en la historia reciente mediante políticas como la criminalización de tatuajes y el presunto asesinato de cientos de jóvenes hondureños) no tendrá derecho a residencia en las ciudades chárter.

Es un hecho que la intensa pobreza y la tasa de criminalidad de Honduras tienen mucho que ver con políticas neoliberales, maquinaciones de corporaciones internacionales y la interferencia imperial al tiempo que destaca la falsedad de la piadosa afirmación de Adam Davidson en el New York Times de que Romer ciertamente se esfuerza por aliviar la pobreza hondureña a través del sistema de la ciudad chárter. Aunque Davidson admite que “es fácil criticar los experimentos con los medios de vida de los pobres”, tal vez no sea suficientemente fácil.

En un ataque de regocijo neocolonial, The Economist señala que la ciudad septentrional hondureña de Trujillo es “donde Cristóbal Colón pisó el continente americano durante su cuarto viaje en 1502”, y concluye diciendo “que no es solo la conexión con Colón lo que convierte Trujillo en un sitio adecuado para ser la primera ciudad chárter. Fue el lugar en el cual el autor estadounidense que usó el seudónimo O.Henry escribió “Cabbages and Kings”, un sarcástico cuento de entumecimiento, en el cual acuñó el término ‘república bananera’. Unos rascacielos serían una réplica adecuada”.

En realidad, el que se coloquen áreas de territorio hondureño bajo el control antidemocrático de intereses corporativos extranjeros sería una continuación muy adecuada de la mentalidad de la república bananera.