Honduras: entre golpistas y neofilibusteros

José Steinsleger
07.Feb.13 :: Opinión

El “vendedor de ciudades ‘llave en mano’ más grande del mundo”, Paul Romer, resultó un tipo más práctico que el “precursor de la mayología” John L. Stephens (1805-52), empresario, aventurero, explorador y escritor romántico que en Honduras compró la ciudad maya de Copán en 50 dólares.



Como es sabido, Stephens trozó varias estelas y monumentos de Copán, y los embarcó a Nueva York con el propósito de indagar si los glifos pintados o grabados en piedras eran de origen egipcio o extraterrestre. Y a pesar de su gran capacidad de imaginación, jamás le cuadró que los antiguos natives podían ser los autores de tales maravillas.

William Walker (1824-60), “conquistador” de Sonora y Baja California, guardaba frente a los natives iguales reservas que Stephens. El filibustero esclavista anhelaba protegernos del terrorismo islám… (perdón, apache) y, al igual que Romer, afirmaba que su intención no era destruir, sino “…reorganizar la sociedad”.

El propósito del esclavista Walker consistió en llevar “colonos civilizados” a México, Honduras y Nicaragua, ya que, a su juicio, “…la gastada sociedad de aquellos países no había podido sustraerse a los cambios que los nuevos elementos iban a realizar en su organización política y social” (La guerra de Nicaragua, Educa, San José, 1972, p. 37).

A finales del siglo XIX, el historiador inglés James Jeffrey Roche observó que el filibustero tradicional había sido “…suplantado por el especulador, sin que se note que la moral del mundo haya ganado con el cambio” (The story of the filibusters, Londres, 1894).

El inglés no andaba descaminado, pues tal fue el caso de Sam Zemurray (1877-1961), el banana man que en Nueva Orleáns entabló amistad con el ex presidente de Honduras Manuel Bonilla, depuesto en 1907. Y con ayuda de un grupo de mercenarios amigos de Zemurray, Bonilla regresó al poder en 1911.

La élite hondureña devolvió a the banana man los favores recibidos. Su empresa, la Cuyamel Fruit Company (precursora de la United Fruit), obtuvo gigantescas extensiones de la costa atlántica. Durante muchos años, el enclave neocolonial de Zemurray fue un auténtico Estado dentro del Estado, con estatutos, exención de impuestos y autonomía del Estado hondureño.

En cambio, el audaz Paul Romer emplea recursos más sofisticados. Maestro probado en los usos y prodigios de Internet, Romer ofrece a los “países fallidos” ciudades modelo para alcanzar el “verdadero desarrollo”. Y hasta cierto punto, resulta chistoso oír a esta suerte de neofilibustero ciberespacial cuando explica a las audiencias más o menos idiotizadas (o lúcidamente cómplices del negocio), las ventajas de su producto (chartercities.org).

Con “excelencia académica”, Romer evoca las “ciudades Estado” que en los puertos del mar Báltico forjaron la “Liga Hanseática” en los siglos XII y XIII, así como la franquicia del rey Carlos II de Inglaterra al “propietario absoluto” de Pensivlania William Penn (1644-1718), o los estatutos de Hong Kong luego que China cedió a Londres el enclave colonial por 99 años (1898).

Las ciudades de Romer serían tecnológicamente “sanas” (sic) y con mediación de alguna “potencia protectora responsable” (sic), adoptarían normas derivadas de “los más altos derechos civiles” (sic): “poca regulación”, “leyes justas”, y trabajadores inmigrantes importados. Por consiguiente, los inversionistas caerían en torrente y al país anfitrión, liberado ya de onerosos endeudamientos externos, sólo le restaría… ¡encender las luces!

Con un inglés deliberadamente elemental, didáctico y más elocuente y perfecto que el del predicador Billy Graham, Romer no tuvo que hacer en Honduras mayores esfuerzos para que los políticos exclamaran ¡guau! Y así, el Congreso Nacional reformó sin discusión la Constitución para promulgar la llamada Ley de Regiones Especiales para el Desarrollo (RED, 2011).

Pero hay un problema o… varios. Para que las distopías urbanas de Romer funcionen, los países se deben comprometer a olvidar lo que él llama old rules. Esas viejas reglas que habrían sido poco “exitosas” (sic), y que los pueblos insisten en llamar “democracia”, “constitución”, “justicia social” “leyes”, “Estado nacional”, “soberanía”.

Como bien apuntó el analista hondureño Ernesto Paz Aguilar “…la existencia de dichas ciudades no es real, sino virtual. Lo único real son las maquetas y los videos que han elaborado sus promotores. Sólo existen en Internet. Es genial: Honduras se convirtió en huésped del experimento neoliberal más radical” que conoce la historia reciente (La Tribuna, Tegucigalpa, 12/9/12).

El gobierno conservador de Porfirio Lobo asegura que ninguna parte del país está en venta. No obstante, en el periódico The Globe and Mail (24/5/12) los canadienses alcanzaron a leer un anuncio que decía:

“Si usted es multimillonario, y no es propietario de un famoso equipo de futbol, o de una carísima colección de arte de categoría mundial, ahora puede ser propietario de un miniestado, completamente privado: Honduras ofrece la oportunidad. ¡Llame ahora!”

La Jornada